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Momentos (lagrimas)

 

Imagen: Pranavsinh suratia vía pexels.com (uso gratuito). 

Hay momentos en la vida que suceden sin previo aviso y que, precisamente por eso, nos dejan desconcertados. No responden a una lógica aparente ni encajan fácilmente en las explicaciones que solemos darnos a nosotros mismos. Hace unos días viví una de esas situaciones.

Era una mañana cualquiera.

Mientras veía distraídamente una película en televisión, una escena aparentemente intrascendente mostró a una niña llorando junto a su madre, temerosa de perderla. No había nada extraordinario en aquella secuencia. Sin embargo, de forma súbita e inesperada, rompí a llorar. Y no hablo de una lágrima furtiva ni de una emoción pasajera. Durante varios minutos lloré con una intensidad que no recordaba haber experimentado nunca. Era como si una presa invisible hubiera cedido de repente y el agua acumulada durante años encontrara por fin una salida.

Lo más extraño fue que no me sentí triste. Tampoco abatido. Cuando el llanto remitió, experimenté una sensación de alivio difícil de describir, como si algo que llevaba mucho tiempo dentro de mí hubiera encontrado finalmente la manera de expresarse. Horas más tarde, mientras realizaba mis tareas habituales, aquel sentimiento regresó brevemente. No con violencia, sino con la serenidad de quien termina una conversación pendiente.

Ese mismo día relaté la experiencia a un amigo al que quiero como a un hermano. Su reacción me sorprendió: no se asombró tanto por lo ocurrido como por el hecho de que se lo contara. Me dijo que la mayoría de las personas guardan estas cosas para sí mismas, como si mostrar ciertas vivencias fuese una forma de debilidad. Creo que sucede justamente lo contrario. Compartir aquello que nos conmueve, nos duele o nos transforma es una forma de liberación. Cuando ponemos palabras a nuestras emociones, dejan de ser una carga silenciosa para convertirse en parte de nuestra historia, la cual, si encuentra un oyente atento, suele hacer que el peso se vuelva más ligero.

Con los años he aprendido que no todo lo importante puede comprenderse. Hay experiencias que se resisten a las explicaciones y que conservan una pequeña dosis de misterio. Quizá sea mejor así. Lo único que sé con certeza es que aquel llanto inesperado no me dejó compungido, sino más tranquilo. Y que contar lo sucedido me ayudó a entenderlo un poco mejor.

Tal vez algunas emociones no necesiten ser analizadas hasta el último detalle. Tal vez solo necesiten ser sentidas, aceptadas y, cuando llega el instante propicio, compartidas.

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