Los satélites alienígenas podrían ofrecer una nueva forma de encontrar a E.T.

Un exoplaneta hipotético con una banda de satélites alienígenas en pleno tránsito de su estrella huesped. 
CopyRight: Instituto Astrofísico de Canarias.

Existe un plan para encontrar «romulanos» (1)«borgs» (2) y, definitivamente, tiene algunas ventajas.

El enfoque habitual a la hora de buscar civilizaciones alienígenas es escanear los cielos en busca de señales tales como transmisiones de radio o láseres brillantes y parpadeantes. Cualquiera de los dos métodos podría confirmar que hay alguien ahí afuera.

Lamentablemente, estos esquemas tienen un inconveniente problemático: la necesidad de que el emisor (los extraterrestres) y el receptor (nosotros) estén sincronizados.

¿Cuántas posibilidades existen de recibir la transmisión de una civilización estelar justo en el momento en que nosotros dirigimos nuestra atención a un sistema planetario concreto? Con toda sinceridad, ninguna. O casi ninguna. Pretenderlo es como esperar que dos pares de ojos se crucen en una verbena popular rebosante de gente, algo extremadamente remoto. Esa es la razón por la que un protocolo de detección de civilizaciones alienígenas no puede depender de la sincronización, de emitir, buscar y coincidir en el espacio y el tiempo.

Hace poco, el Dr. Seth Shostak publicó un atractivo artículo en el Astrophysical Journal donde propone la búsqueda de evidencias que siempre están a nuestro alrededor (en inglés): artefactos que podrían durar más que los extraterrestres mismos, de la misma manera que los huesos fosilizados revelan a los dinosaurios desaparecidos hace mucho tiempo. Nunca hemos visto un Tyrannosaurus rex (3) ni oído su rugido. Pero, sin duda, una vez deambularon por la superficie de la tierra.

Tal vez fuésemos capaces de olfatear a nuestros hermanos cabezones verdes -cabezones verdes, estereotipo fijado en la sociedad por un exceso de consumo de ciencia ficción vulgar— analizando la atmósfera alrededor de su planeta natal. Por ejemplo, podríamos usar instrumentos para buscar la presencia de clorofluorocarbonos (CFC), el lamentable resultado de los excesos de la industria de la refrigeración y de los propelentes de aerosoles.

Desafortunadamente, el estado actual de la tecnología impide la detección de esos gases a años luz de distancia, ni siquiera con los telescopios más grandes. No obstante, existe un artefacto que, en teoría, sería factible detectar. El astrónomo español Hector Socas-Navarro (4) argumenta en el artículo citado anteriormente que podríamos localizar satélites artificiales alrededor de lejanos planetas dado que, después de todo, un satélite es lo mínimo que  puede esperarse de cualquier civilización alienígena respetable (¡Jo!) 

Nosotros, terrícolas, usamos satélites para multitud de propósitos: espiar al enemigo, conducción asistida por geoposición satelital o GPS -su nombre común— u obtener imágenes fascinantes de la Tierra que podemos, posteriormente, visualizar con Google Earth o CyberSky, etc. etc.

De los cerca de 3000 satélites que pululan alrededor de la Tierra, unos 400 son geoestacionarios, es decir, orbitan sobre el ecuador terrestre con la misma velocidad angular que la Tierra. Dicho con otras palabras: permanecen inmóviles sobre un determinado punto sobre nuestro globo a pesar de desplazarse a unos 10900 kilómetros por hora. En consecuencia, aparecen fijos en el cielo. Esta peculiaridad los hace especialmente útiles para fotografiar el clima, retransmitir televisión y llamadas telefónicas internacionales.

GOESR, satélite gesoestacionario de la NOAA  (NOAA)

Ahora supongamos que hay extraterrestres que están sustancialmente más avanzados que nosotros. Su planeta podría estar orbitado por miles de millones de satélites geoestacionarios en lugar de nuestros tristes 400. Los astrónomos podrían ser capaces de detectar este matorral orbital de chatarra espacial cuando el planeta se interpone entre nosotros y su estrella anfitriona -lo que los astrónomos llaman tránsito planetario (5)—.

Si esto ocurriera, el oscurecimiento de la luz de las estrellas causado por el planeta sería precedido y luego seguido de un oscurecimiento muy leve causado por su collar de satélites, con mayor nitidez si viéramos el collar de lado, lo que bloquearía más la luz de las estrellas y, por lo tanto, sería más notorio.

La belleza de este esquema es múltiple. Para empezar, no hay ningún problema de sincronización, así que los alienígenas no necesitan hacer ningún esfuerzo para ponerse en contacto. Incluso si se las arreglaron para volarse en pedazos hace millones de años, sus satélites podrían seguir allí, girando, como el triste recuerdo de un periodo de esplendor.

Además, este enfoque no requiere nuevos telescopios ni siquiera nuevos experimentos. Los astrónomos sólo necesitarían hacer una cuidadosa revisión de los datos que ya han sido recolectados en la búsqueda de exoplanetas.

Pese al entusiasmo -y la credulidad de muchísimas personas—, la posibilidad de toparnos con extraterrestres en un futuro más o menos cercano es prácticamente nula; tan sólo el discurso lógico basado en el análisis racional sustenta, por ahora, la certeza de su existencia. Aún así, para los que nos caracterizamos por la convicción de que la vida siempre se abre paso, incluso en las condiciones más adversas, la idea del físico canario Hector Socas-Navarro de buscar enjambres masivos de satélites nos resulta sumamente esperanzadora. Puede que sus posibilidades de éxito no sean grandes, pero se ha de intentar porque nada gana quien nada arriesga y confirmar que no estamos solos en el cosmos no es satisfacer una necesidad científica, es un derecho de la Humanidad.

Xarooch Franco

Referencias:
-Dr. Seth Shostak, astrónomo principal del instituto SETI en Mountain View, California (EE.UU.), experto en la búsqueda de inteligencia extrasterrestre. Más información aquí (en inglés).

-SETI (Search for Extraterrestrial Inteligence, Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre). Más información aquí (en inglés) con enlaces a artículos relacionados (también en inglés).

-NBC News, Science Departament.

-Instituto de Astrofísica de Canarias: El cinturón de Clark, un método para buscar posibles civilizaciones extraterrestres. Leer aquí. (De próxima publicación en xarooch.info).

Llamadas:
(1) & (2) Romulanos y Borgs son especies alienígenas ficticias del universo de la serie televisiva Star Trek. Más información aquí.

(3) Tyrannosaurus rex: Tyrannosaurus rex (del griego latinizado tyrannus «tirano» y saurus «lagarto», y el latín rex, «rey»),​ es la única especie conocida del género fósil Tyrannosaurus de dinosaurio terópodo tiranosáurido, que vivió a finales del período Cretácico, hace aproximadamente entre 68 y 66 millones de años,​ en el Maastrichtiense, en lo que es hoy América del Norte. Su distribución en el continente fue mucho más amplia que otros tiranosáuridos. Comúnmente abreviado como T. rex, y castellanizado como tiranosaurio es una figura común en la cultura popular. Fue uno de los últimos dinosaurios no avianos que existieron antes de la extinción masiva del Cretácico-Terciario. Leer más aquí.

(4) Hector Socas Navarro: investigador del Instituto Astrofísico de Canarias. Si lo desea, puede acceder a su canal de Youtube pulsando aquí.

(5) Tránsito planetario: Los llamados tránsitos planetarios son aquellos que suceden entre un planeta del sistema solar y el Sol. Desde la Tierra son visibles los de aquellos planetas que nos preceden (planetas interiores), es decir, Mercurio y Venus. Estos tránsitos son de extrema importancia ya que han ayudado a calcular las dimensiones del sistema solar, entre ellas la unidad astronómica. El primer astrónomo que se dio cuenta de las posibilidades de estas observaciones fue Edmund Halley (1656-1742).

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