U2 en México. Crédito: U2 Facebook.
Escuchar música puede ser una experiencia eufórica. No está claro exactamente por qué debería a alguien sentarle tan bien. ¿Hay alguna ventaja evolutiva en disfrutar de la música o, tal vez, es un subproducto de alguna otra función importante o, quizás, se trata simplemente de un gran incidente en nuestra historia evolutiva? El debate sobre estas cuestiones sigue siendo intenso, pero hay un hecho importante en el que podemos confiar: la música tiene un atractivo profundamente arraigado para los seres humanos.
La música tiene algo especial incluso para los oyentes más jóvenes. Los bebés, en su primer año de vida, ya tienen un sentido significativo de la sincronización y el tono musical. Al escuchar muestras de música occidental, los habitantes de Camerún, por ejemplo, reconocen las mismas emociones básicas de felicidad, tristeza y miedo que los europeos. Ambas poblaciones también disfrutan de un sentido similar de armonía musical cuando escuchan la música del otro. Cuando se les pide que expresen diferentes emociones mediante la creación de patrones de movimiento musical o físico en un programa de ordenador, los participantes en los EE.UU. y en una aldea tribal de Camboya toman decisiones muy similares. Hay un núcleo fundamental en la experiencia y expresión musical que todos los humanos parecen compartir.
Miremos más allá de los humanos y examinemos cuán profundas son nuestras raíces musicales. Además de la atracción intercultural de la música, puede haber una atracción entre especies. Existen discusiones en curso sobre cuánto exactamente se superpone nuestra percepción de la música con la de los primates no humanos. Aunque parece haber puntos en común en nuestra habilidad para detectar ritmos, todavía no está claro si los simios pueden sincronizar sus movimientos con la música de la misma manera que los humanos. Algunos primates no humanos, como el bonobo Kuni, pueden sincronizarse espontáneamente con ritmos audibles cuando escuchan un tambor. Pero tenemos que esperar a que haya más pruebas para comprender plenamente si los primates no humanos disfrutan bailando tanto como nosotros.
Los primates no humanos, al igual que los humanos, prefieren la música consonante a la música atonal o disonante. Sin embargo, los investigadores a menudo han tenido dificultades para encontrar una preferencia constante por la música en lugar del silencio cuando los primates no humanos pueden elegir entre ellos. En 2014, un grupo de investigación decidió probar esta cuestión con un poco más de detalle, probando una variedad de estilos musicales diferentes. Dividieron una sala en cuatro zonas, que se fueron alejando progresivamente de un músico que tocaba akan de África Occidental, raga del norte de la India o música instrumental taiko japonesa. Mientras la música sonaba, los investigadores midieron el lugar donde un grupo de chimpancés pasaba la mayor parte de su tiempo. Si pasan la mayor parte del tiempo en la zona 1, más cercana al músico, esto indicaría que los chimpancés disfrutan de la música. Si preferían quedarse en la zona 4, donde apenas podían oír la música, eso sugeriría que preferían el silencio.
Cuando la música japonesa tocaba, los chimpancés no mostraban preferencias entre zonas. Parecían estar tan contentos cerca del músico como lejos de él. Pero cuando la música africana o india sonaba, pasaban la mayor parte del tiempo en la zona 1, lo más cerca posible de la música. De hecho, pasaban mucho más tiempo en la zona 1 que cuando no había música. Así que las melodías tonales y los pulsos ambiguos de la música akan de África Occidental y la música raga del norte de la India parecen crear un ambiente agradable entre los chimpancés.
¿Qué hace exactamente nuestro cerebro cuando escuchamos música?
En lugar de procesar sonidos individuales, el cerebro procesa patrones de sonido a medida que desarrolla implícitamente expectativas sobre lo que vendrá después. Las partes auditivas de nuestro cerebro analizan varias características centrales de la música, incluyendo el tono y la duración, e interactúan con las áreas frontales del cerebro a medida que usamos nuestra memoria de trabajo para reunir la información en representaciones abstractas de alto nivel. Muchos de nosotros hemos experimentado intensos escalofríos al escuchar partes profundamente conmovedoras de nuestra música favorita. A medida que eso sucede, los centros de recompensa de nuestro cerebro, especialmente las áreas subcorticales, incluyendo el estrato ventral que se encuentra en lo profundo del cerebro, ajustan su actividad: mientras más escalofríos sentimos, más actividad muestran. De hecho, cuando experimentamos esos momentos de euforia musical, el estrato libera dopamina, uno de los neurotransmisores relacionados con la recompensa del cerebro.
Los expertos que tocan instrumentos musicales probablemente experimentan la música de manera diferente a los no músicos. Un estudio reciente buscó esta diferencia en el cerebro. Los investigadores sometieron a beatboxers -beatboxer: ruido vocal que se basa en la habilidad de producir beats de batería, ritmos y sonidos musicales utilizando la propia boca, labios, lengua y voz— y guitarristas a un escáner cerebral y midieron los niveles de actividad en su cerebro mientras escuchaban música relacionada con baterías o guitarras. Cuando observaron las partes del cerebro involucradas en la traducción de la información sensorial en acciones motoras (áreas sensoriales y motoras), encontraron un patrón interesante. Los guitarristas mostraron una mayor actividad sensomotora al escuchar música de guitarra, y los beatboxers mostraron una mayor actividad sensomotora al escuchar música de batería. Así que sus experiencias musicales previas en tocar instrumentos cambiaron la forma en que sus cerebros reaccionaban cuando escuchaban esos instrumentos.
Beatboxers en acción. Crédito: Warble Entertainment's
Los investigadores profundizaron un poco más para afinar detalles de la actividad sensomotora de cada grupo. Las áreas sensomotrices primarias de nuestro cerebro están organizadas de alguna manera topográficamente: diferentes secciones de su estructura representan diferentes partes del cuerpo (se pueden mapear e ilustrar estos mapas con «homúnculos corticales»). Esto significa que se puede comparar la actividad «mano» con la actividad «boca» en esas áreas del cerebro. Si la actividad sensomotriz de los músicos durante la escucha representa las acciones implicadas en la ejecución de la música, entonces es de esperar que se activen las áreas de las manos para los guitarristas y las áreas de la boca para los beatboxers. Después de todo, esas son las partes del cuerpo que usan cuando hacen su música. Esto es precisamente lo que los investigadores encontraron. Los guitarristas activaron sus áreas de las manos al escuchar música de guitarra, mientras que los beatboxers activaron sus áreas de la boca para música de beatboxing. Sus cerebros automáticamente reclutaron regiones sensomotoras relevantes para procesar el audio musical, casi como si estuvieran tocando la música en algún nivel. En otras palabras, la escucha pasiva de los músicos se volvió un poco más activa cuando escuchaban su propio tipo de música.
La música es uno de esos milagros de la vida real a los que prácticamente todos podemos conectarnos. Nos reúne en festivales, discotecas, salas de fiestas y otros eventos sociales, y puede darnos un impulso emocional dramático cuando más lo necesitamos. La repuesta a por qué tiene estos efectos mágicos continúa siéndonos esquiva, pero este misterio hace que nuestras experiencias musicales sean aún más impresionantes. Tanto si usted es heavy o entusiasta de la ópera, no olvide apreciar y disfrutar plenamente su próximo audición. Si tiene suerte, podría inspirar una chispa creativa o un momento de éxtasis. Al menos, estará aprovechando una experiencia que compartirá con muchos de sus compañeros primates.
Vía | Erman Misirlisoy, neurocientífico. Suele escribir sobre el cerebro, conducta, psicología y salud en Los Angeles Times.
Traducción y adaptación al castellano por Xarooch Franco.
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