Pilar Alberdi | Nueva Revolución | 19-05-2017
Nadie esperaría hallar al comienzo de un
libro de gramática un dilema político, sin embargo, así ha sido en el
caso de Noam Chomsky y su muy conocida obra Gramática generativa, en
donde plantea el modelo de una Gramática universal, innata y común a
todas las personas, que es la que nos posibilita la adquisición del
lenguaje. Ese modelo sería el que permite a los niños aprender
fácilmente una lengua, sin el conocimiento previo de sus reglas, que
aplican, sin embargo, correctamente.
El dilema que presenta Chomsky es el
siguiente: ¿cómo es que sabemos tanto y cómo es que sabemos tan poco? Al
primero lo llama «el problema de Platón» y al segundo «el problema de
Orwell», ya imaginan a qué Orwell se refiere, sí al autor —entre otros
libros— de 1984 y Rebelión en la Granja. Un escritor que tuvo en el
punto de mira a los imperialismos y totalitarismos.
El problema de Platón, el de las Ideas
innatas (belleza, bondad y otras), ese dualismo, en fin, por el que han
navegado distintas corrientes filosóficas, lo da por acabado con la
Gramática Universal. Existiría un modelo biológico que explicaría la
rápida adquisición de ese conocimiento, esa habilidad para hacernos con
el lenguaje. Pero con respecto al problema de Orwell, el tema se pone
difícil. Si somos tan listos para lo primero, si acaso esa cualidad nos
viene como al resto de los animales por unas características innatas, a
ellos en su medida y a nosotros en la nuestra, ¿cómo es que sabemos tan
poco? Pero, realmente: ¿sabemos tan poco? ¿O deberíamos decir que no
queremos o no nos interesa saber más?
Dejemos las cosas claras. Lo que a
Orwell le preocupaba es la «manipulación», evidentemente a Chomsky
también, no en minúsculas, sino así: la MANIPULACIÓN. Es decir, le
preocupaba nuestra ignorancia, que siempre puede beneficiar a un
tercero. Lo que pasa cuando uno vive en una democracia representativa es
que suele creer que no le manipulan. Pero sí, nos manipulan, a toda
hora nos indican qué debemos comprar, cómo debemos pensar, qué estudios
cursar, qué trabajos tener, en caso de que los encontremos. Pero,
centrémonos por un momento en «el problema Orwelliano». Lo cierto es que
la cuestión ya la conocía Le Boon, aún cuando el primero todavía no
hubiese nacido ni la hubiese planteado. Lo comentó en su libro
Psicología de las mayorías del que luego sacó muy buen partido Freud, en
su Psicología de las masas. ¿Qué dice Le Boon? Que la masa es
conservadora. Así de sencillo. Que entre arriesgar por lo que pueda
venir nuevo o quedarse como está, se queda como está. Y ustedes dirán:
¿y cómo es esto? «¡La gente quiere cambio!» Y sí, todos queremos cambio,
pero un cambio previsible, un poquito de cambio. En realidad, los
cambios se producen cuando ya nadie, pero nadie nadie, nadie, puede
vivir cómo vivía, y de esto ¡qué casualidad!, los pueblos se enteran
siempre tarde. Así que, mientras algunos pocos continúen pensando que
pueden ganar dinero y otros que el tema de la economía puede empeorar, y
a las pruebas me remito, ¿qué partido creen que volvería a salir electo
en España? ¿El que tiene más casos de corrupción, el que ha congelado
el dinero de las jubilaciones, el que ha reducido las inversiones en
educación y cultura, aquel que defrauda al pueblo? ¡Vaya! Pues, han
adivinado.
Llegados a este punto comprendería que
me pregunten cómo es que si Noam Chomsky no desentrañó el problema,
pretendo resolverlo yo. No se trata de eso. Él sabe que no tiene
solución, y yo también.
Pero aún así, daré un dato que justifica
el pensamiento de Le Boon. Entre el inicio de la Revolución francesa y
la coronación de Napoleón pasan varios años. ¿Quién iba a querer algo
así? ¿Quién hubiera comenzado aquel jaleo para terminar coronando a un
corso, en resumidas cuentas, un inmigrante en París? En las películas,
además, como el tiempo va más de prisa, lo muestran así: surge la
revolución y a los cinco minutos ajustician al rey, cuando en realidad,
pasan varios años, y no le faltaron al rey oportunidades para salvarse.
De verdad, lees un poco de Historia o ves una película y quedas
sorprendido.
A Orwell le preocupaba nuestra ignorancia, que siempre puede beneficiar a un tercero. Lo que pasa cuando uno vive en una democracia representativa es que suele creer que no le manipulan.
Bien, en suma y para ir resumiendo:
¿sabemos ya por qué pensamos tan poco? ¿Sabemos por qué nos dejamos
manipular? Esta es la cuestión.
A Sócrates le gustaba decir aquello de
«Yo solo sé que no sé nada»; van a tener que perdonarme, pero, como yo
no soy tan humilde, lo dejo aquí escrito: yo sé esto. Al menos, lo que
acabo de decir. Sí, y algo más, quería comentarles por si fuera de su
interés que la filosofía del lenguaje, a la que he dedicado parte de mi
tiempo estas últimas semanas, da mucho qué pensar. Síganme, porque
merece el esfuerzo para llegar a una conclusión con respecto al tema que
nos ocupa. Que dice Carnap que la palabra es un concepto; pero viene
Skripe y explica que un nombre propio no es algo rígido, a ver, por
poner un ejemplo, qué es «Cervantes», Cervantes es muchas cosas: «el
autor del Quijote», «el creador de Sancho Panza», «el escritor que
estuvo en prisión», «el que pidió a la Corona un puesto para ir a
América y no se lo dieron», «el más pobre entre los escritores pobres de
su tiempo, al que ahora, se le buscan huesos y se le festeja en
numerosos ocasiones mientras se reeditan sus libros»; pero entonces,
llega Putnam, y conste que me estoy saltando a algunos filósofos, y
dice, que no, que no es solo eso, una cuestión de significados a la
manera clásica, ya que lo que importan son todos los posibles mundos
para ese significado, esos en los que interviene la probabilidad y que
nos remiten a aquellos otros posibles mundos, en los que el designador
rígido y los descriptores no rígidos, ese abanico de definiciones que
hemos aportado sobre Cervantes, pudieran tener cabida, y que nos
recuerda al paso, a aquel de los mejores mundos posibles, que Leibnitz
pensó fuera el nuestro, ¡ahí, cuidado! Pero, síganme, que aún merece el
esfuerzo. Después llega Quine, un lógico positivista que dice que un
niño aprende el lenguaje de manera conductista a través de acierto y
error, premio y castigo, y que más que una palabra lo que aprende con
ella, es una oración, un acontecimiento, y que sí, que tal vez exista
algo así como un «aparato generativo», tampoco quiere quitarle toda la
razón a Chomsky que ha seguido en alguna medida a Wittgenstein, y ahora
sí presten atención porque este hablará de «juegos de lenguaje»,
explica, veréis lo fácil que lo explica, que lo que un niño aprende con
el lenguaje es el modo de comportarse ante las palabras, ¿han oído bien,
verdad? Pues, eso. Que te explican que con «demonio» debes asustarte,
te asustas; que las «flores» tienen perfume, y eso es bueno, te
encantarán. Quisiera aclarar que los ejemplos son míos, pero la idea es
suya. Él pone de ejemplo la palabra «dolor» que es la que te explican
cuando tú dices, «¡Ay!», y entonces te enseñan a comportarte ante el
«dolor», y lo mismo te regañan porque te caíste, te ponen una tirita con
dibujitos o te cantan aquello de «Sana, sanita…». En mis tiempos las
rodillas se nos quedaban sangrando y nos decían que éramos valientes.
Yo creo, de verdad lo creo, que
deberíamos pensar mucho en esto, en esos «juegos del lenguaje», porque
por ahí nos tienen pillados, ya ven que hasta los partidos políticos se
cambian de nombre cada cierto tiempo, especialmente cuando las cosas las
han hecho mal, o, en otros casos, vemos cómo los políticos se salen de
un partido y se crean otro solo para ganar las próximas elecciones.
En fin, Platón, Orwell, Platón, Orwell,
publicidad, propaganda, manipulación, los mass media… Cómo nos
comportamos ante las palabras, cómo nos han enseñado a comportarnos…
Pues, por ahí está la cuestión.
Vía | Nueva Revolución
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