José Sebastián Marín | La piedra de Sísifo
En el inmenso océano de posibles
inmersiones literarias que la realidad nos ofrece, apostar por los
clásicos casi como exclusiva forma de itinerario lector es una opción
ganadora, no está la vida como para andar desperdiciando unidades de tiempo, tan
preciadas en el maremagnum cotidiano.
Para eso están los clásicos,
para nutrirnos de lo que otras generaciones han aportado al resto como
enseñanzas universales que nos permitan desenvolvernos por la VIDA con
la sabiduría que otros puedan aportarnos. A todo ello, añadimos
que este magisterio universal viene avalado por la civilización
greco-latina, la que aún alimenta la nuestra y sobre la que siempre
conviene acompañarse para no errar en el camino machadiano que supone
vivir.
La Eneida cierra, de alguna
manera, el ciclo épico que arrancase de la mano del egregio aedo griego,
Homero; con algo de perspectiva, la Ilíaca y la Odisea son los
otros elementos de esta magna trilogía. Se trata de referentes a
los que acudir con cierta frecuencia para bucear en sus inmensas
profundidades, para saborear lo que otros han construido para nosotros.
Siempre queda pendiente una ciclo de relecturas de esta trilogía.
Óleo de Francois Perrier (1646) titulado "Eneas y la Sibila de Cumas"
Si ya los libros citados consiguieron
embargar mi pecho con emociones diversas, si ya en ellos descubrí
historias y reflexiones que me han cautivado, en La Eneida,
además de todo ello, he encontrado una trama continua, de enorme
actualidad, una cerrazón en su estructura que se agradece muchísimo y
con la que puedes seguir con cierta facilidad lo que sucede en la
historia, aspecto este que se desdibuja en los dos libros anteriores. No
me resulta muy reconfortante en cuanto a lectura se refiere tener que
acudir continuamente a las referencias o notas a pie de página que
permanentemente encuentro en las anteriores para poder situarme.
Llama poderosísimamente la atención la tensión que el libro tiene, casi nos encontramos con una pulsión cinematográfica, enormemente visual y con una agilidad en el relato que verdaderamente atrapa, sobre todo en los momentos en los que afloran las pasiones que siempre se encierran en los seres humanos… Esto no quita que existan momentos en los que Virgilio se enfrasque en relatos que son sucesiones o enumeraciones un tanto monótonas que hacen que el libro se te caiga un poco de las manos.
Por otro lado, para evitar la posible
zozobra que pueda desprenderse de ese elemento y para no fatigarme con
la lectura diferente que su escritura tiene -que no es la habitual en
estos tiempos de liviandades-, el aquí firmante optó por ponerse unos
benditos deberes diarios de lo que debía leer al día, de manera que en
pocas semanas me he encontrado con el libro terminado, con un regusto
buenísimo en el paladar, con ganas de afrontarla en más ocasiones, con
unas expresiones y unas estructuras que son una verdadera delicia.
Si tuviese que destacar alguno de los
cantos, resaltaría el último, que, sin duda, tiene una composición que
parece, como ya indicaba más arriba, verdaderamente cinematográfico,
como hecho para que nuestra mente del siglo XXI pueda recrearlo en
nuestra imaginación como si de una fresco enormemente rico se tratara o
como si fuera la sucesión de unas fotografías enormemente románticas,
por lo recargado de su lenguaje espacial y visual, en las que vemos el
desenlace del libro. Imposible no ligar este último canto con imágenes
que todos guardamos en nuestro imaginario colectivo de películas que nos
narran peripecias del esplendor romano.
Merece la pena ahondar en la personalidad, en la propia biografía del autor, para encontrar en él
una sensibilidad que no suele ser habitual y en la que se aprecia
visiblemente su visión apasionada de la vida, su perspectiva tan humana
en cuanto a lo que refiere los aspectos más pasionales, entrañables,
amargos o épicos que todos los seres humanos debemos afrontar, aspecto éste
en el que la lectura contra un vigor tremendo como un lenguaje que,
desde el pasado clásico, nos viene a amonestar sobre lo que realmente
significa VIVIR.
Magnífico colofón a ese ciclo de
clásicos que antes he citado, y que he cerrado, al menos en su primera
lectura, con un regusto de boca que pide más, que incluso ya anticipa lo
que van a ser próximas relecturas, ya que los clásicos que cito, al
menos para éste que habla, son algo inasibles, por mucho que quieras
centrar tu atención en ellos siempre vas a encontrar matices que se te
han escapado, con los que no contabas y con los que vuelves a recordar
los pasajes que creías olvidados.
Concluyo: he citado los pechos, como metáfora de las agitaciones internas que todos vivimos, sus TREPIDACIONES,
en definitiva, en varias ocasiones porque quizá sea lo que más me ha
cautivado; encontramos en estos clásicos una definición básica de lo que
son todas las pasiones humanas, con una sencillez que abruma: lo
óptimo, lo pésimo y lo que se desdibuja entrambas barreras siempre nos
acompaña, siempre está con nosotros y en todos y todas por igual, no nos
compliquemos con disfraces, con oropeles y faralaes que no conducen a
nada…
Esas TREPIDACIONES son las que
siempre se dibujan en el alma humana de todos y todas nosotros, razón
por la cual invito a encontrar cómo la han vivido para el resto de la
Humanidad desde nuestro esplendor clásico.
Vía | La piedra de Sísifo
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Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported (CC BY-SA 3.0)
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