Imagen: Autopista rápida norte-sur de China: Tiene más de 2.200 km de largo. De Beijing a Macao o Hong-Kong, un día aproximadamente.
La mente tiene más de cincuenta carriles, pero en un día ajetreado, el nivel de tráfico es el mismo que el de la imagen. Cada vehículo en cada carril representa una versión distinta de nosotros, una versión que haría una elección alternativa, se comportaría de forma diferente o pensaría de otro modo. Pero hay trampa:
Sólo un carril se llama «el presente» y sólo una versión de nosotros puede conducir en él en un momento dado
El resultado es que hay un constante y masivo atasco de tráfico producido por todos esos «alter egos» pugnando por liderar el convoy, cada uno tratando de meterse en el carril actual, avanzar y parar a los demás. Cuando se enfrentan 50 automóviles, determinar quien acaba ganador es una suposición cualquiera, es imposible predecir quién será el vencedor con tantas opciones, deseos y argumentos opuestos, aunque eso no es lo peor. Imaginemos por un momento como nos sentiríamos con esa enorme multitud acorralada a nuestras espaldas esperando su oportunidad para adelantar; los rezagados hacen sonar sus bocinas, gritan, se mueven, etc., esperando su oportunidad para adelantar. ¿Cómo podríamos centrarnos en la conducción, conducir con calma o mirar hacia adelante?
Demasiado de una cosa buena
Søren Kierkegaard, filósofo danés del siglo XIX y uno de los fundadores del existencialismo, desarrolló una visión bastante oscura del mundo desde una edad temprana. Nacido en una familia adinerada, vivió en constante temor a la muerte —que veía esperando en cada esquina— y otras obsesiones similares como el pecado y el arrepentimiento. Finalmente, llegó a la conclusión de que el humor era la única respuesta adecuada a la locura de la vida. Afirmó que una vez que vio la realidad, empezó a reir y no paró de hacerlo desde entonces. En una de sus obras más famosas nos dio una palabra para definir la lucha contra nuestra propia insignificancia, una palabra que ha sobrevivido literalmente hasta el día de hoy: «angustia». «La angustia es el vértigo de la libertad», manifestó. La frase encaja perfectamente en la imagen del atasco mental al que nos enfrentamos en el ajetreo de la vida cotidiana, no sólo porque el automóvil es la cúspide de la libertad personal, sino porque la mera disponibilidad de todos esos carriles para conducir puede, literalmente, matarnos. A diferencia de Kierkegaard y sus contemporáneos, que eran mucho más limitados, somos libres de tomar cualquier elección sobre quién ser y qué hacer, pero el resultado parece que ha empeorado. Entonces, ¿cómo podemos evitar marearnos?
El camino por delante
Cuando trabajaba, tardaba aproximadamente veinte minutos en desplazarme hasta la oficina donde desempeñaba mi tarea. Eventualmente, caí en la cuenta de que aumentar la velocidad media un 50% sobre la señalada como máxima en la vía, sólo significaba economizar unos pocos minutos en la duración del trayecto, tres a lo sumo. Ubíquese ahora en la imagen de la cabecera e intente calcular cuánto tiempo ahorrará si adelanta dos vehículos de la fila. En la vida, en el día a día, la mayoría de las opciones son similares, organizamos situaciones infernales para ir un 50% más rápido con el único objetivo de llegar un día antes en la misma línea de meta. A menudo, cambiar de carril nos hacer creer que somos más eficientes, aunque realmente no hay mucha diferencia entre llegar primero y llegar segundo, tercero o cuarto.
Medir de antemano el impacto de nuestras decisiones es una manera de disolver el enorme atasco del tráfico mental, otra es caer en la cuenta de que en nosotros conviven varias versiones alternativas, incluso si el vehículo al que adelantamos queda rezagado. Pero la mejor, por mucha diferencia, es tener fe en el presente, no mirar tanto hacia la izquierda y la derecha. La vida está llena de oportunidades para mirar hacia atrás y decirnos: «¡Oh, debería haber tomado otra salida!». Si las tomamos todas, nunca podremos concentrarnos en el camino que tenemos por delante.
Veamos otro símil: en los rallies, uno de los factores determinantes del éxito, si no el más grande, es la confianza depositada en el copiloto. La persona que ocupa el asiento del pasajero recita las direcciones y el conductor actúa en consecuencia; por eso, cuando leyendas del rally hablan de sus victorias, no mencionan los tiempos, sino el estado de fluidez, de rendimiento sin esfuerzo en el que se encontraban. Porque confiamos plenamente en el presente, el camino a seguir debería ser siempre así:
En ocasiones nos desviaremos, pero al final siempre llegaremos a nuestro destino. Para la mayoría de nosotros, la vida es una peripecia, un periplo a través de una autopista con regreso a casa garantizado. La angustia, al igual que ocurría con Kierkegaard, es algo que llevamos en nuestras cabezas, no hay por qué apresurarse. Cultivar esta perspectiva lleva un tiempo, pero es sumamente útil en la práctica. Tal vez por eso, más tarde en su vida, el filósofo danés angustiado cambió de opinión:
La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia adelante
Xarooch Franco
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