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Hubo un tiempo en el que Valencia fue el centro del mundo, una isla cultural de lo más vanguardista en la carrinclona España de la Transición, la punta de lanza de un futuro cercano en el que los djs serían idolatrados, los clubs se convertirían en templos, y la electrónica conquistaría el mundo. Era la Valencia del “bacalao”, de las noches sin fin, de las mescalinas, el amor, el guitarreo y los soundsystem legendarios. El mito del bacalao y de su ruta que ahora el periodista Luis Costa ha retratado maravillosamente en el libro “¡BACALAO! HISTORIA ORAL DE LA MÚSICA DE BAILE EN VALENCIA, 1980 – 1995” (Ed. Contra).
Esta es sin duda una historia que me hubiera gustado mucho haber contado, por eso envidio sobre manera al amigo Luis que tuvo el placer de conocer de primera mano todos los entresijos de este gran mito para muchos de mi generación y anteriores, aquello que se fraguó durante la década de los 80s y primeros 90 en las grandes macrodiscotecas valencianas, la mítica Ruta del Bacalao.
Aunque soy un gran amante de la música electrónica y llevo cerca de 20 años mezclando discos, por una cuestión de edad no alcancé a vivir nada de aquello pero sí que me llegaron sus ecos. Cuando empezaba a fascinarme por la figura de los djs y anduve furtivamente por mis primeras discotecas, llegó a mis manos un cinta regrabada decenas de veces de una sesión de A.C.T.V., en una época en la que circulaban esas cintas TDK como si fueran tesoros. Aquella música tan vanguardista, oscura pero a la vez melódica, con la contundencia que tanto apreciamos en la díscola pubertad y el sonido de fondo del desgaste de la cinta magnética que aún la hacía más especial, me cautivó. Así empezó mi pequeña obsesión por esta época fascinante.
Leyendo este libro he recordado también, por ejemplo, un reportaje que emitió TV3 allá por 1994 sobre la versión catalana de la ruta con Nando Dixkontrol, uno de los protagonistas del libro, al frente. Era, digamos, una versión mucho más interesante que el mítico y amarillista documental de Canal +, con antropólogos, sociólogos, farmacólogos y demás intelectos intentando descifrar esa curiosa manía de los jóvenes por perpetuar sus noches hasta el infinito. Muy TV3, pero donde ya se intuían algunos de los temas de los que hablan los protagonistas del libro. Básicamente, que más allá de los jóvenes drogados conduciendo por las carreteras valencianas de discoteca en discoteca, debajo de este fenómeno de masas había un fundamento musical de lo más interesante.
Hace unos años ya hablé sobre este tema en un artículo del blog de Finlandia Club a raíz de un documental fantástico que descubrí sobre la época, 72 horas: La ruta a Valencia. La primera época de la ruta del Bakalao, a primeros de los 80s, fue realmente rompedora en lo que respecta a la música que se oía en las discotecas y, sobre todo, a cómo se oía.
Las lagunas legales de la época, en plena transición política tras los años duros del franquismo y construyéndose aún los cimientos del futuro régimen autonómico, permitieron que esas ganas locas de fiesta y diversión que tenían los jóvenes valencianos, se desenfrenaran sin límites.
Las noches se alargaron hasta alcanzar las mañanas e incluso los mediodías, los clubs se especializaron musicalmente, trabando su propia personalidad musical, muy unida al dj que las capitaneaba y que pasaba horas y horas en su cabina cabalgando discos. Se organizaron macroconciertos a las 6 de la mañana con grupos pioneros de la talla de Happy Mondays, Soft Cell o los Stone Roses, y Manchester y Valencia, segundonas y provincianas adelantaban culturalmente y en la misma época a sus capitales. Paralelismos fascinantes.
Los nuevos sonidos, más electrónicos y duros, se iban imponiendo gracias a la aparición de nuevos djs, técnicamente virtuosos, como Fran Lenaers en Spook o Jose Conca en Chocolate. El dj que presenta al micrófono sus temas y ejerce de gurú nocturno da paso a una versión más moderna de pinchadiscos. También la escena se va profesionalizando, sobre todo a partir de los últimos 80s. Las discotecas valencianas, sus noches sin fin, y ese sonido tan novedoso, han traspasado fronteras. Desde Catalunya, Aragón o Madrid, llegan cada fin de semana autobuses llenos de jóvenes dispuestos a vivir “la experiencia valenciana”. Se llenan las salas, pero también las cajas registradoras.
Los primeros djs que revolucionaron la escena, pasan a ejercer de directores de sala y a interesarse más por los números, cada vez más abultados, que por la música. Nacen tiendas de discos, sellos discográficos y las primeras producciones 100% valencianas, como el interesantísimo proyecto Megabeat de Fran Lenaers. Pero son Paco Pil, y su versión techno valenciana comercial, o los famosísimos Double Vision, quienes se convierten en fenómenos internacionales. Valencia exporta su versión más comercial.
A principios de los 90s algo cambia, los medios de comunicación ponen su foco sensacionalista en la ruta valenciana. Noches sin dormir, drogas, jóvenes y accidentes de tráfico, son un tema tan goloso que nadie quiere dejarlo escapar. El mimetismo periodístico hace que fluyan sin parar artículos y reportaje luctuosos sobre la ruta.
Pero, ¿por qué degeneró tanto la ruta?, ¿fue sólo culpa de la prensa amarillista? ¿qué hizo que todo aquello se desmadrara? La última parte del libro “Bacalao”, abunda precisamente en este tema crucial y, para mi, más interesante. Y lo cierto es que algunos de los protagonistas no acaban de ponerse de acuerdo.
Parece evidente que el cambio generacional de mediados de los 80s a y los primeros 90s fue muy importante, esos primeros jóvenes rebeldes que descubrieron una nueva música y una nueva forma de divertirse totalmente rompedora, dan paso a otros jóvenes ya expertos y más documentados que buscan cada vez más velocidad y experiencias más radicales. Paralelamente las drogas también cambian, desde las míticas mescalinas de los inicios a los extasis cada vez más adulterados.
La música se aceleró, algo que sucedía en la época en otras escenas electrónicas europeas, como en la seminal escena acid house inglesa que pasó de los sonidos balearic al hardcore de las raves de autopista. El cambio musical y la aparición de los primeros productores musicales valencianos fue creando este nuevo sonido, basado más en fabricar bases electrónicas sobre la que mezclar otras canciones que en crear verdaderas canciones.
Vía | mrdomingo
Hubo un tiempo en el que Valencia fue el centro del mundo, una isla cultural de lo más vanguardista en la carrinclona España de la Transición, la punta de lanza de un futuro cercano en el que los djs serían idolatrados, los clubs se convertirían en templos, y la electrónica conquistaría el mundo. Era la Valencia del “bacalao”, de las noches sin fin, de las mescalinas, el amor, el guitarreo y los soundsystem legendarios. El mito del bacalao y de su ruta que ahora el periodista Luis Costa ha retratado maravillosamente en el libro “¡BACALAO! HISTORIA ORAL DE LA MÚSICA DE BAILE EN VALENCIA, 1980 – 1995” (Ed. Contra).
Esta es sin duda una historia que me hubiera gustado mucho haber contado, por eso envidio sobre manera al amigo Luis que tuvo el placer de conocer de primera mano todos los entresijos de este gran mito para muchos de mi generación y anteriores, aquello que se fraguó durante la década de los 80s y primeros 90 en las grandes macrodiscotecas valencianas, la mítica Ruta del Bacalao.
Aunque soy un gran amante de la música electrónica y llevo cerca de 20 años mezclando discos, por una cuestión de edad no alcancé a vivir nada de aquello pero sí que me llegaron sus ecos. Cuando empezaba a fascinarme por la figura de los djs y anduve furtivamente por mis primeras discotecas, llegó a mis manos un cinta regrabada decenas de veces de una sesión de A.C.T.V., en una época en la que circulaban esas cintas TDK como si fueran tesoros. Aquella música tan vanguardista, oscura pero a la vez melódica, con la contundencia que tanto apreciamos en la díscola pubertad y el sonido de fondo del desgaste de la cinta magnética que aún la hacía más especial, me cautivó. Así empezó mi pequeña obsesión por esta época fascinante.
Leyendo este libro he recordado también, por ejemplo, un reportaje que emitió TV3 allá por 1994 sobre la versión catalana de la ruta con Nando Dixkontrol, uno de los protagonistas del libro, al frente. Era, digamos, una versión mucho más interesante que el mítico y amarillista documental de Canal +, con antropólogos, sociólogos, farmacólogos y demás intelectos intentando descifrar esa curiosa manía de los jóvenes por perpetuar sus noches hasta el infinito. Muy TV3, pero donde ya se intuían algunos de los temas de los que hablan los protagonistas del libro. Básicamente, que más allá de los jóvenes drogados conduciendo por las carreteras valencianas de discoteca en discoteca, debajo de este fenómeno de masas había un fundamento musical de lo más interesante.
Hace unos años ya hablé sobre este tema en un artículo del blog de Finlandia Club a raíz de un documental fantástico que descubrí sobre la época, 72 horas: La ruta a Valencia. La primera época de la ruta del Bakalao, a primeros de los 80s, fue realmente rompedora en lo que respecta a la música que se oía en las discotecas y, sobre todo, a cómo se oía.
Las lagunas legales de la época, en plena transición política tras los años duros del franquismo y construyéndose aún los cimientos del futuro régimen autonómico, permitieron que esas ganas locas de fiesta y diversión que tenían los jóvenes valencianos, se desenfrenaran sin límites.
Las noches se alargaron hasta alcanzar las mañanas e incluso los mediodías, los clubs se especializaron musicalmente, trabando su propia personalidad musical, muy unida al dj que las capitaneaba y que pasaba horas y horas en su cabina cabalgando discos. Se organizaron macroconciertos a las 6 de la mañana con grupos pioneros de la talla de Happy Mondays, Soft Cell o los Stone Roses, y Manchester y Valencia, segundonas y provincianas adelantaban culturalmente y en la misma época a sus capitales. Paralelismos fascinantes.
Los nuevos sonidos, más electrónicos y duros, se iban imponiendo gracias a la aparición de nuevos djs, técnicamente virtuosos, como Fran Lenaers en Spook o Jose Conca en Chocolate. El dj que presenta al micrófono sus temas y ejerce de gurú nocturno da paso a una versión más moderna de pinchadiscos. También la escena se va profesionalizando, sobre todo a partir de los últimos 80s. Las discotecas valencianas, sus noches sin fin, y ese sonido tan novedoso, han traspasado fronteras. Desde Catalunya, Aragón o Madrid, llegan cada fin de semana autobuses llenos de jóvenes dispuestos a vivir “la experiencia valenciana”. Se llenan las salas, pero también las cajas registradoras.
Los primeros djs que revolucionaron la escena, pasan a ejercer de directores de sala y a interesarse más por los números, cada vez más abultados, que por la música. Nacen tiendas de discos, sellos discográficos y las primeras producciones 100% valencianas, como el interesantísimo proyecto Megabeat de Fran Lenaers. Pero son Paco Pil, y su versión techno valenciana comercial, o los famosísimos Double Vision, quienes se convierten en fenómenos internacionales. Valencia exporta su versión más comercial.
A principios de los 90s algo cambia, los medios de comunicación ponen su foco sensacionalista en la ruta valenciana. Noches sin dormir, drogas, jóvenes y accidentes de tráfico, son un tema tan goloso que nadie quiere dejarlo escapar. El mimetismo periodístico hace que fluyan sin parar artículos y reportaje luctuosos sobre la ruta.
Pero, ¿por qué degeneró tanto la ruta?, ¿fue sólo culpa de la prensa amarillista? ¿qué hizo que todo aquello se desmadrara? La última parte del libro “Bacalao”, abunda precisamente en este tema crucial y, para mi, más interesante. Y lo cierto es que algunos de los protagonistas no acaban de ponerse de acuerdo.
Parece evidente que el cambio generacional de mediados de los 80s a y los primeros 90s fue muy importante, esos primeros jóvenes rebeldes que descubrieron una nueva música y una nueva forma de divertirse totalmente rompedora, dan paso a otros jóvenes ya expertos y más documentados que buscan cada vez más velocidad y experiencias más radicales. Paralelamente las drogas también cambian, desde las míticas mescalinas de los inicios a los extasis cada vez más adulterados.
La música se aceleró, algo que sucedía en la época en otras escenas electrónicas europeas, como en la seminal escena acid house inglesa que pasó de los sonidos balearic al hardcore de las raves de autopista. El cambio musical y la aparición de los primeros productores musicales valencianos fue creando este nuevo sonido, basado más en fabricar bases electrónicas sobre la que mezclar otras canciones que en crear verdaderas canciones.
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